Del escepticismo a la identidad: Claves psicosociales del movimiento antivacunas contemporáneo
Автор: Francisco Javier Millar, David Naranjo Douglas, Ninoshka Fasce-Cayo, Juan Carlos Oyanedel, Francesca Ferrada-Toledo
Журнал: Revista Científica Arbitrada de la Fundación MenteClara @fundacionmenteclara
Рубрика: Artículos
Статья в выпуске: 1, Vol. 10, 2025 года.
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El presente artículo de análisis teórico con enfoque multidisciplinar examina fundamentos psico-sociales del movimiento antivacunas contemporáneo, destacando su tránsito desde una postura marginal de escepticismo hacia una estructura simbólica y económicamente articulada, cuyo eje fundamental es la desinformación sistemática. A través del análisis de la teoría atribucional de Weiner, los estudios sobre pensamiento conspirativo, narcisismo encubierto y estilos cognitivos, se propone identificar patrones que predisponen a ciertos individuos a rechazar el consenso científico y adoptar narrativas alternativas. Más allá de una mera ausencia de información verificable, este fenómeno se nutre de necesidades identitarias, marcos emocionales de interpretación y una profunda desconfianza institucional que ofrece a sus adherentes una forma de pertenencia simbólica. El artículo incorpora también una lectura comparativa con otras comunidades de creencia contracultural —como los negacionistas del cambio climático o defensores de terapias no validadas—, y examina la relación entre madurez emocional, etapas del ciclo vital y vulnerabilidad narrativa. Se analiza además el rol amplificador de las redes sociales, que ha potenciado la emergencia de referentes antivacunas y la consolidación de un mercado donde la percepción emocional de amenaza y la sensación de autenticidad se transforman en capital simbólico e incluso económico. Se concluye que el desafío no es meramente sanitario, sino epistemológico y cultural, destacando la fragilidad del pensamiento crítico frente al exceso de información y el rol narcotizante de ciertas dinámicas comunicacionales que facilitan la consolidación de marcos conspirativos y desinformación sistemática.
Antivacunas, desinformación, teoría atribucional, sesgo de información, conspiracionismo
Короткий адрес: https://sciup.org/170211560
IDR: 170211560 | DOI: 10.32351/rca.v10.407
Текст научной статьи Del escepticismo a la identidad: Claves psicosociales del movimiento antivacunas contemporáneo
Introducción
Las vacunas han sido históricamente una de las herramientas más efectivas para la prevención de enfermedades y la prolongación de la esperanza de vida. Según la Organización Mundial de la Salud (2023), las vacunas previenen más de cuatro millones de muertes al año y han permitido erradicar o controlar enfermedades que en otras épocas causaban estragos sanitarios y sociales, irreparables. Sin embargo, este consenso científico coexiste hoy con una narrativa que lo contradice, sin respaldo validado por la comunidad de expertos, el que tiende a generalizar eventos adversos aislados, generando así una inclinación al rechazo, la duda o el descrédito. Este tipo de discurso, impulsado por movimientos que ya no son marginales, ha adquirido visibilidad, influencia, poder político y articulación a nivel internacional.
" La desconfianza en las vacunas se ha incrementado en los últimos años, influida por la proliferación de desinformación en plataformas digitales. Los factores psicosociales, como el miedo y la percepción de riesgo, juegan un papel crucial en este fenómeno ” (Smith et al., 2014, p. 3).
Durante la pandemia por COVID-19 (2020-2022), este escepticismo experimentó un auge exponencial. Lo que hasta entonces era una posición minoritaria y fragmentada, se transformó de pronto en una corriente identitaria, mediática y rentable, capaz de organizar comunidades, generar contenido viral y monetizar el alcance mediante la desinformación (Burki, 2020) (Ball, 2020). Este fenómeno, desafía la definición clásica de “ignorancia” o carencia de información y exige repensar sus raíces desde una perspectiva que contemple las dimensiones psicológicas, sociales y simbólicas presentes.
El movimiento antivacunas no se limita a negar la evidencia científica, sino que reconfigura el acto de descreer como una forma de identidad, resistencia y pertenencia. Estudios recientes muestran que tanto, los movimientos a favor como en contra de la vacunación, funcionan como subculturas con identidades colectivas definidas (Schubert et al., 2021, p. 15). Levantándose desde una desconfianza estructural hacia instituciones percibidas como impropias o corruptas, encuentran en el rechazo una forma de reafirmación de su autonomía frente a lo que consideran imposiciones del poder mediático, político y tecnológico.
Este trabajo busca responder a la pregunta, ¿Por qué, ciertos individuos desarrollan formas persistentes de escepticismo vacunatorio incluso frente a información validada? Identificando a la vez, las variables psicosociales que estructuran ese fenómeno desde una perspectiva no reduccionista.
Asimismo, se explora el papel de las redes sociales en la viralización de estas creencias, que facilitan la producción de referentes que capitalizan la percepción emocional de amenaza, y transforman el rechazo a la vacunación en una forma de consumo cultural. En este contexto, el acto de no vacunarse deja de ser una decisión sanitaria individual para convertirse en una expresión humana colectiva, cargada de significado político, emocional y simbólico.
Marco Teórico
Este artículo se sustenta en un análisis teórico de carácter interdisciplinario, basado en una revisión crítica de literatura académica en psicología social, teoría de la atribución, estudios sobre pensamiento conspirativo y comunicación pública. Para ello, se realizó una revisión narrativa crítica de literatura revisada por pares, centrada en estudios publicados entre 1995 y 2023, con énfasis en investigaciones en psicología social, comunicación, sociología del conocimiento y teorías del conspiracionismo. La selección bibliográfica priorizó artículos indexados en bases de datos como Scopus, Web of Science y Google Scholar, además de autores clásicos cuyo aporte sigue siendo vigente, como Weiner (1985), Bourdieu (1986) y Seligman (1975). La elección de fuentes respondió a su relevancia teórica y empírica para comprender el fenómeno antivacunas desde perspectivas psicológicas, cognitivas y socioculturales. Se incluyeron fuentes en español e inglés que ofrecieran marcos teóricos o evidencia empírica relevante para comprender fenómenos de resistencia a la vacunación, pensamiento conspirativo, narcisismo encubierto o estilos cognitivos vinculados a la desinformación. Se excluyeron artículos de opinión sin respaldo empírico, reportajes periodísticos y estudios centrados exclusivamente en aspectos clínico-biológicos de la vacunación.
A través de este enfoque, se busca comprender el fenómeno antivacunas como una construcción compleja en la que interactúan factores cognitivos, emocionales, identitarios y socioculturales. Lejos de tratarse de una mera desviación de la racionalidad, el fenómeno se reconoce como una racionalidad alternativa, que encuentra coherencia interna dentro de ciertos marcos interpretativos.
Nota metodológica : La presente revisión teórica corresponde a un análisis narrativo crítico, no sistemático, que prioriza la articulación conceptual por sobre la exhaustividad bibliográfica. No pretende agotar la literatura disponible, sino ofrecer un marco interpretativo interdisciplinario que integre enfoques de la psicología social, la comunicación y la sociología del conocimiento.
Atribución causal y estilos cognitivos en la desconfianza institucional
Uno de los marcos explicativos más relevantes a la hora de abordar el asunto que nos ocupa es la teoría atributiva de Bernard Weiner (1985, p. 45), quien propone que las personas interpretan los eventos mediante tres dimensiones clave: locus de control (interno vs. externo), estabilidad (estable vs. inestable) y controlabilidad (controlable vs. incontrolable). En el caso de muchos adherentes a posturas antivacunas, predomina un esquema atribucional externo, estable e incontrolable, lo que configura una percepción del mundo regido por entidades poderosas (gobiernos, corporaciones, élites ocultas), permanentes y sobre las cuales no se ejerce ningún tipo de influencia. Esta percepción contribuye a un estado subjetivo de desamparo o indefensión, propiciando actitudes de rechazo, sospecha y desconexión frente al discurso institucionalizado (Smith et al., 2014, p. 9).
A esta matriz cognitiva se suma un estilo de pensamiento predominantemente intuitivo, en detrimento del razonamiento analítico. Pennycook y Rand (2019, p.4) concluyeron que la vulnerabilidad a la desinformación no se explica principalmente por el alineamiento ideológico, sino por una disposición cognitiva, la cual favorece la inmediatez emocional por sobre la evaluación crítica. Este tipo de procesamiento, menos deliberativo, facilita la aceptación de explicaciones simples e intuitivamente plausibles, aunque carezcan de sustento empírico (Chen et al., 2023, p. 10). Así, se privilegia la sensación de certeza subjetiva por sobre la evidencia científica.
Madurez emocional, etapas de desarrollo y vulnerabilidad narrativa
Una dimensión poco explorada en la literatura sobre el movimiento antivacunas —pero altamente relevante— es la relación entre madurez emocional, desarrollo psicosocial y susceptibilidad narrativa. La adhesión a creencias identitarias que desafían el consenso científico, no sólo responde a variables cognitivas o socioculturales, sino también a factores relacionados con la regulación emocional, la estabilidad del yo y el momento vital en que el sujeto transita.
Como planteó Erikson (1959), ciertas etapas del desarrollo psicosocial —como la adolescencia tardía, la adultez emergente o la mediana edad en crisis— pueden constituir momentos críticos en la búsqueda de identidad, pertenencia y certeza simbólica. La fragilidad del yo, la necesidad de autoeficacia o el desconcierto ante un entorno cambiante abren espacios a narrativas que ofrecen sentido, comunidad y diferenciación moral.
Desde una perspectiva más amplia, la construcción de sentido frente a la incertidumbre ha sido entendida como un mecanismo adaptativo del sujeto moderno, que ante la pérdida de marcos colectivos estables recurre a esquemas simbólicos autoafirmativos. Según Koltko-Rivera (2004), las cosmovisiones personales ofrecen coherencia narrativa ante la ambigüedad existencial, y por lo tanto, el pensamiento antivacunas puede funcionar como un refugio psicológico ante el desamparo simbólico (Jaume et al., 2022).
El sesgo de confirmación como filtro epistémico
Dentro de los patrones cognitivos que sustentan la adhesión a narrativas antivacunas, el sesgo de confirmación cumple un rol central. También denominado sesgo de información y asociado a diversas falacias argumentativas, este fenómeno describe la tendencia a buscar, seleccionar, interpretar y recordar información de manera que confirme creencias preexistentes, desestimando o reinterpretando aquellas que contradicen dicha postura (Nickerson, 1998). Sin embargo, estudios recientes destacan que este sesgo no solo es una característica cognitiva, sino que también puede ser amplificado por el entorno digital, generando una mayor fidelidad a las narrativas confirmatorias y dificultando procesos de pensamiento crítico (Martínez et al., 2024, p. 12). Lejos de tratarse de un error ocasional, se configura como una estructura cognitiva estable, que organiza la forma en que las personas procesan la información, especialmente cuando esta toca aspectos sensibles, emocionales o identitarios (Garza y López, 2024, p. 8).
Este fenómeno genera una cámara de eco (Sunstein, 2001) donde la veracidad fáctica es subordinada a la coherencia interna del relato y su capacidad de activar certezas emocionales. En este escenario, el acto de creer no responde a la lógica de la evidencia, sino a la necesidad de estabilidad simbólica, pertenencia comunitaria y coherencia narrativa. Tal como plantea Sunstein (2001), estas burbujas de sentido operan como verdaderos refugios cognitivos donde lo emocional, prima sobre lo verificable.
A este hecho, se suma la disfunción narcotizante de la comunicación, descrita por Lazarsfeld y Merton (1948), que refiere a la paradoja en la que una sobreexposición constante a información, lejos de fomentar la acción crítica o la comprensión profunda, conduce a una forma de apatía cognitiva. El sujeto, abrumado por la cantidad de estímulos informativos, desarrolla la ilusión de estar informado, mientras se inhibe su capacidad de discernimiento y evaluación epistémica. Esta idea ha sido actualizada por autores como Byung-Chul Han (2017), quien advierte que la saturación de información típica de la sociedad de la transparencia, no potencia la reflexión, sino que anestesia la voluntad y reduce el pensamiento crítico a consumo pasivo.
Narcisismo, necesidad de pertenencia y teorías conspirativas en el relato antivacunas
En el discurso del movimiento antivacunas, este perfil psicológico favorece la construcción de una identidad contrahegemónica, en la que los sujetos se autodefinen como “despiertos”, “librepensadores” o “rebeldes informados” frente a una masa que consideran anestesiada por la manipulación mediática o científica. Esta oposición simbólica actúa como un refuerzo narcisista indirecto: sentirse parte de una minoría esclarecida que ha “descubierto la verdad” otorga un sentido de valor, pertenencia diferenciada y superioridad moral, sin necesidad de confrontación abierta.
Este fenómeno se potencia aún más en el ecosistema digital donde el sujeto narcisista encubierto encuentra una retroalimentación constante, mediante algoritmos que refuerzan sus creencias y comunidades que celebran la divergencia como forma de autenticidad (Fernández & Ruiz, 2024, p. 10). Así, la identidad individual se funde con la causa negacionista, y la validación del grupo opera como un espejo que reafirma su narrativa interna, muchas veces inconsciente: no soy desconfiado, soy lúcido (Martínez et al., 2025, p. 13). Estudios recientes destacan cómo las plataformas digitales no solo amplifican estas dinámicas, sino que también favorecen la formación de burbujas epistemológicas donde la validación social se convierte en el principal criterio de certeza (López & Torres, 2024, p. 9).
Finalmente, la psicología del conspiracionismo ofrece un marco integrador que permite comprender cómo distintos factores psicológicos y sociales convergen en la formación de creencias antivacunas. Según Douglas et al. (2017), las teorías conspirativas satisfacen tres tipos de necesidades fundamentales:
Epistémicas, al proporcionar explicaciones aparentemente coherentes para fenómenos complejos o inciertos;
Existenciales, al restaurar una ilusión de control en contextos de ansiedad, ambigüedad o amenaza;
Y sociales, al reforzar el sentido de pertenencia a un grupo percibido como “despierto”, “informado” o “resistente”.
En este contexto, se observa que las redes sociales actúan como cámaras de eco (Sunstein, 2001) que no solo refuerzan estas creencias, sino que validan emocionalmente a quienes las sostienen. En estos espacios, el conocimiento deja de depender del consenso científico, y pasa a definirse por su carga afectiva y su coherencia narrativa con el marco identitario del grupo. Así, la conspiración se convierte en una estructura de sentido que da estabilidad emocional, coherencia moral y pertenencia simbólica (Cinelli et al., 2021) (Harsin, 2015).
Estas dimensiones, analizadas en conjunto, permiten comprender el movimiento antivacunas como una construcción simbólica sólida y coherente, dentro de su propio marco referencial, que no se disuelve mediante la mera exposición a datos técnicos. En cambio, demanda una lectura empática, contextual y multidimensional que reconozca sus raíces afectivas, cognitivas y sociales.
Fundamentos percibidos de la postura antivacunas
Para comprender en profundidad este fenómeno, es necesario considerar también los fundamentos internos que movilizan a quienes integran o simpatizan con el movimiento antivacunas. Esta perspectiva no busca validar dichas creencias, sino analizarlas desde su racionalidad subjetiva, como estrategia epistemológica y comunicacional.
Uno de los pilares frecuentemente usados, es la defensa de la soberanía corporal formulada a través del principio “mi cuerpo, mi decisión”. Esta consigna, heredera tanto de luchas por los derechos reproductivos como de corrientes libertarias, establece que ninguna institución debería tener la potestad de imponer tratamientos médicos. En este sentido, la vacunación obligatoria es leída como una violación de la autonomía individual, más allá de sus beneficios grupales.
Otro argumento central es la desconfianza, basada en experiencias de iatrogenia médica. Casos como el de Andrew Wakefield –quien en 1998 publicó un estudio fraudulento que asociaba vacunas con autismo– siguen siendo invocados como evidencia de que la ciencia también puede errar, mentir o servir a intereses económicos. Aunque dicho estudio fue desmentido y retractado, su huella emocional permanece (Kata, 2010) (Horne et al., 2015), alimentando una narrativa de sospecha duradera que excede los hechos comprobables.
También es frecuente el argumento que apela a la naturaleza. En esta narrativa, lo “natural” se asocia con salud y verdad, mientras que lo “artificial” se remite a la manipulación, toxicidad o intervención indeseada. Esta visión, vinculada a movimientos new age o defensores de la medicina alternativa, promueve una cosmovisión donde el cuerpo se autocura y toda intervención externa es sospechosa o siniestra. Esta subcultura de lo natural, muchas veces puede ser más potente que la lógica biomédica.
Algunos autores han explorado la relación entre trauma institucional y escepticismo radical. Smith y Freyd (2014) describen cómo el sentimiento de abandono por parte de las instituciones en las que se confía puede generar respuestas de desconfianza profunda. En estos contextos, la desafección política y el retraimiento institucional pueden crear condiciones psicosociales para que ciertas personas busquen refugio en discursos alternativos. La desconfianza no nace del fanatismo, sino de la experiencia emocional del abandono, la desigualdad o de la exclusión. En este marco resistir no es negar, sino protegerse.
Desde esta perspectiva interna, la resistencia a las vacunas no se vive como negacionismo, sino como una forma de coherencia simbólica y de defensa del cuerpo y del yo, frente a sistemas percibidos como deshumanizados.
Otras comunidades de creencia contracultural
La noción de “despertar” o “ver lo que otros no ven” atraviesa estas comunidades, entregando a sus miembros un relato de excepcionalidad que refuerza la autopercepción de lucidez moral e intelectual frente a una “masa dormida”. Estas creencias se validan y autovalidan internamente a través de la emocionalidad compartida y el reconocimiento mutuo en espacios cerrados, lo que configura lo que las ciencias sociales han llamado cámaras de eco, donde las opiniones se retroalimentan y radicalizan sin fricción epistémica (Cinelli et al., 2021).
Más que sistemas de ignorancia, estas comunidades operan como sistemas alternativos de sentido, que configuran marcos simbólicos de pertenencia y resistencia. Esta lógica coincide con lo que Foucault denominó “regímenes de verdad”, en los cuales el conocimiento no es simplemente un reflejo de la realidad, sino una construcción discursiva con poder performativo.
Conclusiones
El presente análisis ayuda a comprender que el movimiento antivacunas contemporáneo no puede reducirse a una mera expresión de ignorancia o rechazo irracional de la evidencia científica. Se trata de una manifestación compleja, situada en la intersección entre dinámicas cognitivas, afectivas y socioculturales que articulan formas alternativas de interpretar el mundo y posicionarse frente a él. En lugar de conceptualizar este fenómeno como un déficit de información, debería ser abordado como una construcción identitaria, simbólica y emocionalmente coherente para quienes la sostienen.
Desde la teoría atribucional, el predominio de esquemas de locus de control externo, estables e incontrolables —especialmente cuando se asocian a experiencias previas de desamparo institucional o frustración biográfica— ayuda a explicar por qué ciertos grupos tienden a interpretar las intervenciones del Estado y del mundo científico como imposiciones autoritarias. Este patrón atribucional, vinculado además con estados de indefensión aprendida y bajos niveles de autoeficacia percibida, produce una base fértil para la adopción de narrativas que explican el malestar personal como producto de fuerzas externas organizadas y hostiles.
A ello se suma el papel de estructuras narcisistas encubiertas que, lejos de operar como desviaciones patológicas, se configuran como mecanismos de defensa socialmente adaptativos en contextos donde la pertenencia y el reconocimiento simbólico están mediatizados por el conflicto y la polarización. Como muestra Lasch (1979), en una cultura marcada por la necesidad de visibilidad y distinción moral, adoptar una postura contracultural puede ofrecer validación y estatus, especialmente cuando se enmarca como una forma de lucidez frente a la supuesta ceguera generalizada.
El papel del pensamiento intuitivo, tal como lo plantean Pennycook y Rand, refuerza esta lógica al priorizar certezas emocionales por sobre razonamientos deliberativos. En una sociedad hiperinformada pero afectivamente desregulada, la afirmación subjetiva de “sentir que algo es verdad” adquiere un valor epistémico suficiente, transformando las narrativas antivacunas en verdaderos refugios cognitivos ante la incertidumbre y el caos contemporáneo.
Asimismo, debe considerarse que la desconfianza no solo se vive, sino que también se capitaliza. En contextos donde el capital simbólico descrito por Bourdieu, puede construirse a partir de la disidencia, el escepticismo se convierte en una estrategia de diferenciación y posicionamiento. El rechazo a las vacunas no es, en este sentido, solo una postura sanitaria, sino también una expresión de autonomía simbólica y resistencia cultural frente a instituciones percibidas como desarraigadas o deslegitimadas.
Este enfoque integral explica por qué los intentos tradicionales de contrarrestar la desinformación con evidencia técnica o campañas informativas centradas en los hechos suelen resultar ineficaces. Cuando el conocimiento científico compite con marcos identitarios que ofrecen sentido, pertenencia y contención emocional, los datos por sí solos no atraen. En ese escenario, la ciencia se ve desplazada del lugar de autoridad epistémica y se reconfigura como una opinión más, dentro del paisaje narrativo de lo social.
Frente a este desafío, es necesario reformular las estrategias de comunicación o divulgación científica. No se trata únicamente de aumentar la densidad de la información, sino de construir puentes relacionales que validen emocionalmente las preocupaciones legítimas que subyacen al escepticismo. Se requiere una pedagogía del conocimiento que sea, al mismo tiempo, rigurosa y empática; capaz de sostener la complejidad sin despreciar la dimensión afectiva del vínculo con el saber (Passero, 2023).
En este escenario, la disfunción narcotizante de la comunicación emerge como un obstáculo silencioso pero decisivo. Tal como lo advirtieron Lazarsfeld y Merton, y como ha sido actualizado por Byung-Chul Han, la sobreexposición a información fragmentada y continua genera una saturación que no esclarece, sino que anestesia. Esta saturación no educa ni moviliza, sino que adormece y refuerza una ilusión de comprensión que inhibe la acción crítica. Así, el sujeto sobreestimulado de información, lejos de estar más preparado para discernir, se ve atrapado en un bucle de validación emocional y consumo superficial, donde las narrativas conspirativas encuentran terreno fértil para enraizarse y expandirse.
En definitiva, el problema no radica en la ausencia de información, sino en la ausencia de arraigo emocional del conocimiento. Mientras la creencia ofrece comunidad, sentido y estructura, el saber necesita encontrar nuevas formas de visualizarse como un hogar simbólico. Esta metáfora se utiliza deliberadamente para enfatizar que el conocimiento no puede sostenerse solo en la evidencia, sino que debe encontrar un arraigo afectivo que lo vuelva habitable y significativo en contextos de incertidumbre. Solo cuando la verdad sea también una experiencia afectiva —y no solo una afirmación empírica— podrá recuperar su lugar legítimo en el imaginario colectivo de grupos alejados del criticismo general. El desafío no es solamente epistemológico: es cultural, afectivo y político. No basta con informar sin conmover. No alcanza con enseñar si no resuena. Es necesario cuestionar las bases de la difusión científica y ganar terreno en todos esos campos que hoy, cuestiona la emoción.
Comprender el movimiento antivacunas desde esta perspectiva permite diseñar estrategias comunicativas más eficaces, que no se limiten a la transmisión de evidencia técnica, sino que integren lo emocional, lo simbólico y lo relacional en la construcción de un vínculo más afectivo con el conocimiento.
Autoría y Contribución (CRediT)
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• Francisco Javier Millar : Conceptualización, Investigación, Metodología, Análisis formal, Redacción, borrador original, Redacción.
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• David Naranjo-Douglas : Conceptualización; Investigación; Validación; Análisis formal, Redacción.
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• Ninoshka Fasce : Investigación, Validación, Redacción, revisión y edición.
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• Juan Carlos Oyanedel : Supervisión; Administración del proyecto; Validación; Revisión crítica del manuscrito.
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• Francesca Ferrada : Investigación; Visualización (incluida maquetación y preparación de formato); Redacción, revisión y edición.